- No le dirás a nadie ¿verdad? - preguntó con cierto aire de superioridad.
- No, todavía no. Movámonos - le espeté con frialdad y nos dirigimos al lugar en donde habíamos dejado al resto del grupo.
Me esperaba un café caliente con una pizca de licor de chocolate en unas tacitas con flores color lavanda, y una especie de panecillos diminutos con distintos rellenos, frutillas, frambuesas, moras. Era todo tan delicioso que no podía parar de comer, me sentía como Hansel y Gretel en la casa de la bruja, obligada a comer por los sabores celestiales. Me detuve cuando había acabado con los aperitivos y escuché la organización del día.
Comenzamos el recorrido yendo al Museo Nacional de Praga que era magnifico, una infraestructura, todo era tan increíble, tan hermoso pasamos la mitad del día allí adentro recorriendolo, asombrada, ya era la hora del almuerzo cuando me arrastraron fuera.- Tenemos varios lugares para que conozcas, no te debes atrasar, vendrás otra semana y conocerás todo más profundamente - me dijo mi hermano mientras caminábamos por calles repletas de gente de toda clase.
Me encantaba el aire que se respiraba, olía a frescura, a renovación, caminé tomada de su brazo durante un largo rato, tomamos una especie de tren pequeño hasta llegar a un lugar con lo que parecía una capilla al frente y árboles secos a su alrededor, se veía un suelo gris y con musgo, al acercarnos más noté que no era suelo lo que se veía, sino más bien pedazos de cemento gris. Eran lápidas grabadas, lápidas gastadas de hace tiempo. Miré a Bruno algo dudosa del lugar.
- No es un lugar pintoresco para visitar, pero tengo algo que mostrarte, creo que te va a fascinar. - me tomó de la mano y me arrastró hacia esas tumbas y epitafios, le entregó a un guardia unos boletos y me guió, trastabillé en un par de ocasiones pero finalmente se paró frente a una placa, no era muy antigua, quizás había sido una de las últimas, estaba en hebreo. - Se que no sabes leerlo, pero allí - señaló la parte superior de la tumba en uno de los relieves - esta nuestro apellido, Schuster. Averigüé, ése pudo haber sido nuestro tatara, tatara abuelo, el nombre no se ve, por lo que no puedo estar seguro. Pero somos parte de la historia.
- Eso es genial, y la gente no me creía al decir que era judía. - sonreí feliz y nos levantamos del suelo.Me alejé un poco, y tomé una fotografía, unas cuantas a decir verdad, para el recuerdo en varias aparecía Bruno. Terminamos ver el lugar y luego nos reunimos con Dimitri y Francisco fuera y caminamos por las hermosas calles de esta ciudad hasta que comenzó a llover, admito que me encanta la lluvia, pero no cuando parece un diluvio. Y dos noches seguidas, esto era peor que en casa. Tomamos un taxi hasta casa y una vez allí decidí contactarme con mi padre, por lo que lo llame, lo dejé sonar, hasta que respondió la casilla, corté y medio segundo después me entró una llamada de él.
- Hola Manuel - respondió tratando de sonar casual.
- Hola Fefi, ¿como estas princesita? - seguía tratándome como niña, como si tuviese dos años.
- Bien papá, escucha, ¿esta todo bien por allá?
- Claro, ahora estaba volviendo al hotel y mañana en la mañana volveremos a Buenos Aires.
- Genial, Genial, perfecto. - me quedé colgada al teléfono con aire vació.
- Cariño te llamo luego, tengo que irme - pude escuchar cómo llamaba al taxi y se subía en él antes de cortarme.
Me encantaba estar aquí con mi hermano, con tantas atenciones, pero mi padre, la única persona que había estado al lado mio durante toda mi vida, se había olvidado de mi. No menciono cuándo era mi momento de volver a casa, no preguntó cómo me estaba yendo, si había encontrado a mi hermano. Nada, absolutamente nada. No le interesaba, me sentí reemplazada, me costó tragar. Me sentí aprisionada y con un asqueroso nudo en la garganta, estaba dolida. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Fui hasta mi cuarto, me tiré en la cama y rompí a llorar en silencio, como siempre, sin emitir alteración, invisible, ocultándome. Me dolía demasiado, era una estupidez quizás, pero dolía. La puerta estaba cerrada para que nadie me viera en ese estado deplorable pero una mano me palmearon el hombro y tuve el acto reflejo de apartar la mano y enderezarme, era Dimitri, quien me miraba apenado.
